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En el año 1932 la ciudad de Trujillo, en el norte peruano,
se levantó en armas en contra del tiránico Gobierno del sanguinario dictador
Luis M. Sánchez Cerro. En menos de una noche de combate, las corruptas autoridades
sanchecerristas, civiles y militares, fueron capturadas y encerradas en
la cárcel de Trujillo.
La ciudad de Trujillo se convirtió en un pequeño Gobierno provisional, en
medio de la alegría y el festejo de la población trujillana. Se esperaba
que la rebelión fuese apoyada por otras ciudades y guarniciones del país,
derrocando así al déspota entronizado en el sillón de Pizarro. Iba a ser
el principio del fin del tirano.
Pero las fuerzas de la dictadura actuaron rápidamente. Apenas se tuvo noticia
del levantamiento armado de Trujillo, desde la capital se enviaron tropas
leales al dictador, armas, cañones, municiones, explosivos y hasta aviones
de guerra (hidroplanos "Corsario", lo más moderno que poseían nuestras Fuerzas
Armadas de entonces; capaces de ejecutar bombardeos y ametrallar objetivos
en tierra). Todo este ejército y su material bélico fueron transportados
por tierra y mar hacia el norte peruano.
Trujillo fue salvajemente bombardeada por aire y tierra, pero la ciudad
y sus habitantes resistieron valerosamente el brutal asedio armado. Pero,
tras casi una semana de heroica lucha, las hordas sanchecerristas lograron
entrar a sangre y fuego a la medio arrasada ciudad.
Y fue entonces cuando sucedió algo insólito, que desafía toda explicación
lógica. Las pocas fuerzas rebeldes que aún quedaban, al ver que la lucha
se había perdido, abandonaron la ciudad aprovechando la oscuridad. Los sanchecerristas
que habían estado prisioneros todo el tiempo en la cárcel trujillana vieron
con alegría que los ejércitos de su infame caudillo habían tomado la ciudad.
Los rebeldes ya habían huido. Era sólo cuestión de horas para que los soldados
vinieran a ponerlos en libertad.
Una vez acabados los combates en las calles y habiéndose impuesto las tropas
por la fuerza de las armas, los soldados averiguaron que las autoridades
civiles y militares de Trujillo estaban prisioneras en la cárcel de la ciudad.
Los rebeldes ahí los habían dejado.
Un destacamento de soldados fue a dicha cárcel para liberar a los fieles
sanchecerristas encerrados. Mas, al llegar a la desierta cárcel, sólo entrando
se hallaron con un increíble espectáculo, en exceso macabro. Ni uno solo
de esos solitarios prisioneros que habían sido abandonados hacía horas se
hallaba ahora con vida. Todos habían muerto de la manera más insólita. Sus
cuerpos estaban destripados, decapitados, seccionados, descuartizados, triturados,
reventados... sangre y vísceras cubrían el suelo, y hasta habían saltado
a parte de las paredes y el techo. Un observador moderno podría haber creído
que una estampida de chupacabras hambrientos había pasado por ahí.
Inmediatamente, la maquinaria propagandística del Gobierno sanchecerrista
se puso en movimiento. La inexplicable muerte atroz de los prisioneros de
la cárcel trujillana sirvió de punto de partida para que el dictador creara
una especie de "leyenda negra" acerca de la revolución trujillana. Los valerosos
rebeldes levantados en armas fueron presentados a la opinión pública como
verdaderos salvajes a quienes poco les faltó para ser caníbales. Aparecieron
falsos testimonios de falsos testigos que aseguraban que los rebeldes, tras
torturar ferozmente a los prisioneros, los acribillaron, los destriparon
y les arrancaron el corazón, mientras bailaban una danza macabra sobre los
destazados cadáveres de sus víctimas, en medio de rituales hechos por brujos
norteños; asimismo, las cebezas de los sanchecerristas eran paseadas en
picas por la ciudad, en medio de la noche, sólo alumbrados con luces de
antorchas.
La verdad es que hubo una intencional negligencia en averiguar la verdad
acerca de quién realizó la misteriosa "matanza" (si es que realmente fue
un alguien quien los mató). Al igual que Nerón tras el incendio de Roma,
Sánchez Cerro y sus partidarios se esforzaron para que la culpa de esta
tragedia cayera sobre sus enemigos políticos.
El resultado fue el triste episodio de los fusilamientos de Chan-Chan. Usando
las famosas ruinas precolombinas como patíbulo, las tropas sanchecerristas
ajusticiaron, sin un juicio previo, a miles de trujillanos, ya sean rebeldes,
simpatizantes de los rebeldes o simples sospechosos. A ninguno de los fusilados
se les dio sepultura siquiera; sus cadáveres eran arrojados a las pampas,
para que fuesen comida de los animales de rapiña...
A los muertos en la cárcel trujillana, en cambio, se les trajo a Lima, donde
el dictador en persona les dio un pomposo funeral de héroes. Aunque, la
verdad sea dicha, ninguno de aquella ralea sanchecerrista merecía un entierro
cristiano siquiera.
Pero no voy a hacer un juicio moral de que si los corruptos compinches del
dictador, verdaderos traidores a la patria, merecían morir así (aunque la
respuesta a eso es más que obvia). Sólo quisiera formular una pregunta.
Aunque antes de formularla, debo hacer una afirmación, basándome en la lógica.
En contra de lo que publicaron los periódicos peruanos de 1932 (controlados
por la dictadura), es IMPOSIBLE que hayan sido los rebeldes levantados en
armas quienes dieron muerte a los prisioneros de la cárcel de Trujillo.
En ese momento, en medio de salvajes bombardeos y cuando hacían hasta lo
imposible por defender la ciudad y evitar que ésta sea tomada, resulta absurdo
pensar que iban a desperdiciar esfuerzos y tiempo valiosísimos en matar
y arrancar las vísceras a los prisioneros, sin ningun fin práctico. Además,
de haberlo hecho, podrían haber empleado armas de fuego, que hubieran ahorrado
tiempo, esfuerzos y riesgos; nada de ellas se encontró en el lugar de la
masacre.
Desde ese entonces, han circulado muchas versiones sobre lo sucedido en
Trujillo en 1932. Todas se contradicen entre sí. Y, como ya dije más arriba,
la versión oficial que se dio entonces puede ser descartada. Tras aclarar
esto puedo hacer ya la pregunta que me intriga: ¿quién (o qué) causó las
insólitas muertes de la cárcel de Trujillo en 1932?
Entre la poca documentación fiable a la que he tenido acceso, he leido testimonios
de algunos de los héroes que participaron en el levantamiento armado trujillano.
Tampoco ellos se explican cómo sucedió la inexplicable masacre de los prisioneros,
asegurando que huyeron de la ciudad dejándolos VIVOS, y que lo que ocurrió
en ese lapso de horas (sea lo que haya sido) NO PUDO SER OBRA DE LOS REBELDES.
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